Durante mucho tiempo se ha pensado que aprender era, sobre todo, “estar quietos y atender”. Como si el cuerpo y las emociones fueran algo secundario, incluso una distracción. Pero hoy sabemos que el cerebro no funciona así: aprende mejor cuando se siente seguro, cuando algo le importa y cuando el cuerpo puede participar.
La emoción le da sentido a lo que vivimos y le dice al cerebro: “esto es importante”. Y el movimiento activa la atención, regula el estrés y permite comprender a través de la experiencia.
Por eso, especialmente en la infancia, emoción y movimiento no apartan lo académico: son parte esencial del proceso de aprendizaje, lo sostienen y lo hacen posible.
Evidencia actual, desde la neurociencia
La neurociencia lleva tiempo mostrando algo clave: la emoción no estorba al aprendizaje, lo organiza.
La investigación en neurociencia afectiva y social explica que los procesos cognitivos que más usamos en la escuela (atención, memoria, toma de decisiones, planificación) están profundamente conectados con los sistemas emocionales.
Dicho de forma sencilla: si algo no nos importa, el cerebro tiende a no “invertir” en ello.
1. EMOCIÓN = Prioridad y significado
Cuando una experiencia tiene significado emocional (interés, sorpresa, orgullo, conexión, curiosidad), el cerebro la marca como relevante. Eso facilita que prestemos atención, que comprendamos mejor y que recordemos más.
En cambio, cuando todo se vive desde la indiferencia o el miedo, el aprendizaje se vuelve más frágil o superficial.
Revisiones como la de Mary Helen Immordino-Yang y Antonio Damasio muestran que la emoción no es un “extra” en el aprendizaje: ayuda a asignar prioridad y significado a la experiencia, y con ello guía procesos como la atención, la toma de decisiones y lo que finalmente recordamos.
2. EMOCIÓN Y MEMORIA: Lo que “nos mueve” se consolida mejor
La evidencia sobre memoria es muy consistente: la activación emocional (en su punto justo) puede potenciar la consolidación de recuerdos.
Trabajos de revisión de James L. McGaugh describen el papel de la amígdala y las hormonas del estrés en ese “sellado” de lo aprendido: si algo nos impacta o nos activa emocionalmente, tiene más probabilidades de quedarse.
Ojo: no hablamos de estrés crónico o miedo, sino de una activación moderada y segura (reto alcanzable, emoción acompañada, interés real).
3. MOTIVACIÓN Y DOPAMINA: El cerebro recuerda mejor lo que tiene valor
Otra pieza clave es la motivación: la dopamina no es “la hormona de la felicidad”, pero sí participa en señalar qué es importante (por novedad, recompensa, curiosidad o meta).
Revisiones como la de Daphna Shohamy muestran que la dopamina puede sesgar la memoria hacia eventos con significado motivacional: lo que nos interesa, lo que sentimos como valioso, lo que queremos entender.
Por eso partir de los intereses intrínsecos del grupo para ir llegando a los temas académicos no es “hacerlo más entretenido” es trabajar a favor de como aprende el cerebro: es biología aplicada.
4. MOVIMIENTO: No es un descanso del aprendizaje, es parte del aprendizaje
El movimiento mejora el estado de alerta, la atención y funciones ejecutivas como el control inhibitorio o la flexibilidad cognitiva (habilidades esenciales para aprender).
Revisiones en neurociencia del ejercicio (por ejemplo, Charles H. Hillman) y revisiones sistemáticas en población escolar (por ejemplo, Joseph E. Donnelly) encuentran asociaciones positivas entre actividad física, cognición y rendimiento académico, aunque la magnitud depende de tipo, intensidad y contexto.
Además, hay estudios en aula donde lecciones “activas” (con movimiento integrado) se relacionan con mejoras en pruebas estandarizadas frente a clases sedentarias.
Qué significa esto en la práctica (en casa o en la escuela)
- Si queremos aprendizaje profundo, necesitamos emoción segura: vínculo, curiosidad, reto ajustado, sentido.
- Si queremos atención sostenida, necesitamos movimiento: pausas activas, juego motor, experiencias manipulativas, naturaleza.
- Si queremos memoria que permanezca, necesitamos significado: conectar lo nuevo con algo que el niño viva, sienta o elija.
La emoción le dice al cerebro “esto importa”, y el movimiento prepara el cuerpo y la mente para sostener la atención y la autorregulación. Cuando unimos ambas cosas, conseguimos aprendizaje real.
Sin bienestar emocional, no hay aprendizaje profundo
En los primeros años, en educación, lo emocional es más importante que lo académico. No porque lo académico no importe, sino porque lo académico no puede sostenerse si lo emocional no está cuidado.
Un niño pequeño no aprende “a pesar” de lo que siente. Aprende desde lo que siente.
Si por dentro está inseguro, tenso, desconectado, con miedo a equivocarse o sin sentir que pertenece al grupo, su cerebro entra en modo supervivencia: se protege, se defiende, se cierra o se dispersa. Y en ese estado es muy difícil que haya atención, curiosidad, memoria y disfrute por aprender. Es decir: lo académico se vuelve cuesta arriba, forzado y frágil.
En cambio, cuando lo emocional está cubierto —cuando el niño se siente visto, aceptado, cuidado y parte de un grupo— ocurre algo esencial: aparece la disponibilidad interna para aprender. Se relaja lo suficiente como para explorar. Se atreve a preguntar. Se permite fallar. Se engancha.
Por eso, en estas edades, dedicar tiempo a:
- nombrar emociones y aprender a regularlas,
- resolver conflictos con acompañamiento,
- crear rutinas que dan seguridad,
- construir relaciones y vínculo,
- generar pertenencia y cohesión de grupo,
es crucial para crear un cimiento seguro desde el que el aprendizaje pueda darse de forma efectiva. Es construir el suelo sobre el que lo académico va a crecer.
Y aquí hay una idea que libera mucho: lo académico llega sí o sí después. La lectura, la escritura, el cálculo, los contenidos… aparecen cuando el niño madura y cuando el cuerpo y el cerebro están preparados.
Pero si en los primeros años se les mete presión académica sin base emocional, el riesgo no es “que aprendan antes”, sino que asocien aprender con tensión, comparación, miedo o desconexión. Y eso, a largo plazo, pesa.
En cambio, cuando se prioriza el bienestar emocional y el sentido de pertenencia, lo que suele pasar es lo contrario: los aprendizajes llegan con más naturalidad, con mejor actitud y con más autonomía.
Porque un niño que se siente seguro no necesita estar a la defensiva.
Y un niño que no está a la defensiva puede aprender.
Reflexión final
¿Qué queremos para la educación de nuestros hijos: “comida rápida” o “cocinar a fuego lento”?
Trabajar lo emocional, crear grupo y cuidar la pertenencia es invertir en la base más poderosa para que el aprendizaje sea real, profundo y duradero.
Y no lo olvidemos: el aprendizaje se activa cuando el cuerpo participa. Moverse y manipular es una vía directa para comprender.
Referencias y lecturas recomendadas
- “Neuroeducación: solo se puede aprender aquello que se ama”, de Francisco Mora.
- “Neurociencia del cuerpo”, de Nazareth Castellanos (centrado en la relación cuerpo–cerebro: postura, respiración, etc.).
- “Educación emocional y emocionante”, de Mar Romera.
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